

En Boursault, a pocos kilómetros de Épernay, una familia custodia un clos histórico que perteneció a Madame Veuve Clicquot y hoy late con la energía de una nueva generación. Esta crónica recorre la intimidad de Champagne Le Gallais, su vocación orgánica y la elegancia paciente de sus cuvées, a través de la voz de quienes la habitan.
La historia de Champagne Le Gallais comienza con un gesto que atraviesa el siglo. En 1927, Hachod Fringhian, antepasado de Charlotte Morgain Le Gallais, adquirió el dominio de Boursault, una propiedad que había pertenecido a Madame Veuve Clicquot Ponsardin, quien en 1843 mandó construir sobre la ladera que domina el valle del Marne, el neorrenacentista Château de Boursault, que más tarde sería de gran utilidad como hospital militar durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. La impronta de aquella mujer visionaria, que elevó el champagne a símbolo de refinamiento internacional, permanece en la piedra y en la memoria de estas tierras.
Cinco generaciones más tarde, el legado se expresa en una escala íntima. Hervé Le Gallais fundó en 1998 su propia maison dentro del histórico Clos du Château de Boursault, y desde 2015 su hija Charlotte dirige el dominio, que abarca entre cuatro y cinco hectáreas distribuidas en siete parcelas con identidades propias. El clos, cerrado desde el siglo XVI, ofrece una situación excepcional, las viñas, el lagar, las bodegas y los chai se encuentran a pocos cientos de metros entre sí, lo que garantiza una frescura inmediata en el momento del prensado. En ese perímetro amurallado, el tiempo parece adquirir otra densidad.
Aunque la Champagne suele mirar al Chardonnay o al Pinot Noir, en Le Gallais el Pinot Meunier es el alma del proyecto. En este sector de la ribera izquierda del Marne, el Meunier encuentra en la combinación de tiza profunda y capas de arcilla el suelo ideal para desarrollar una estructura carnosa y vibrante.
“La particularidad de nuestra maison es que somos independientes, hacemos todo aquí para producir nuestro champagne”. explica Justine Lecuru, hospitality manager de la casa, mientras el viento recorre la ribera izquierda del Marne. La figura de Récoltant Manipulant se convierte en una declaración de principios, la uva se cultiva, se prensa, se vinifica y se embotella en el mismo lugar, bajo una misma mirada.

El compromiso de Charlotte con el entorno es absoluto: tras abandonar los herbicidas en 2015, el dominio se encuentra en plena conversión orgánica, con el hito de la vendimia 2025 como la primera oficialmente certificada. “Comenzamos la transición hace tres años y 2025 fue nuestra primera cosecha certificada. Queremos demostrar que es posible trabajar en orgánico en Champagne, aunque sea complejo”, afirma Lecuru.
Esta decisión no es estética; es técnica. Los suelos vivos permiten que la vid profundice en la tiza, otorgando a los vinos una salinidad y una tensión mineral que compensa la redondez natural de la maloláctica, la cual se realiza sistemáticamente en toda la gama para ganar esa textura "gourmet" y sedosa.
El clima de Boursault, con alta humedad y cercanía de bosques, exige una vigilancia constante.
“La humedad es un desafío, pero también es parte de nuestra identidad, buscamos equilibrio y biodiversidad”.
La vendimia manual permite una selección precisa y delicada del fruto. Las uvas llegan al lagar sin transporte prolongado, apenas cortadas son colocadas en la prensa neumática, un sistema cerrado que reduce al mínimo la oxidación. “Es fundamental tener la menor distancia posible entre la viña y la prensa para preservar la frescura y la calidad”, señala Lecuru.
La casa utiliza mayoritariamente el primer jugo, la cuvée, reservando la taille en proporciones mínimas. La búsqueda se centra en la excelencia antes que en el volumen, con una producción que oscila aproximadamente 30.000 botellas anuales, que preservan el carácter confidencial del dominio. En la bodega, la fermentación alcohólica y la maloláctica se realizan de manera sistemática. “Charlotte quiere que todos los vinos hagan la maloláctica para lograr mayor redondez y notas más gourmet”, comenta Lecuru.
Los vinos reposan en tanques de acero inoxidable durante siete meses, hasta marzo o abril, momento en que comienza el ensamblaje y luego el embotellado. Desde el inicio de la maison, el acero ha sido el material predominante, aunque 2025 marca un giro experimental con la incorporación de dos barricas de Borgoña de segunda mano.
“Charlotte decidió probar con madera para una de nuestras cuvées de parcela única, un Blanc de Blancs llamado Le Pavillon. Realizó la fermentación y la crianza directamente en barrica para buscar notas más de brioche y tostado, menos ahumadas”. El experimento dialoga con la tradición sin traicionar la pureza del terruño.


El subsuelo de tiza guarda otro capítulo de esta narrativa. Bajo el llamado Manoir, una construcción del siglo XVI conocida como el pequeño castillo, se encuentra una cava tradicional de humedad natural. Allí las botellas reposan durante años, inclinadas, con sus lías, aguardando el momento preciso. “Para nuestros non vintage el mínimo legal es de quince meses, pero aquí envejecen al menos tres o cuatro años. Para los millésimes, la regla es tres años, nosotros los dejamos entre cuatro y diez”. La paciencia define el estilo de la casa, burbujas finas y delicadas, cuerpo pleno, complejidad que invita a la mesa.
El dosage se mantiene bajo, predominan los brut nature y extra brut. “Al envejecer tanto tiempo, el champagne gana complejidad y estructura, así que no necesitamos añadir azúcar al final del proceso”, explica Lecuru. La vocación gastronómica se manifiesta en la textura y en la precisión de las burbujas, pensadas para acompañar platos y dialogar con sabores diversos. La reserva, iniciada en 2005, alimenta cada ensamblaje non vintage, aportando continuidad y memoria líquida.
En una pequeña sala contigua, la familia conserva su colección histórica. Botellas de cada añada, algunas desde 1998, reposan como archivo sensorial. “Guardamos las últimas botellas de cada año para que las próximas generaciones comprendan la evolución de nuestros vinos, para observar qué ocurre tras veinte, treinta o cuarenta años en la cava”. Las botellas permanecen con sus depósitos, listas para ser degolladas en el instante en que se desee descorchar la historia.

El Château de Boursault, propiedad de la familia, atraviesa un proceso de restauración. Sus salones y sus 32 habitaciones se destinan a eventos privados, bodas y celebraciones, bajo una gestión independiente de las dos maisons que coexisten en la propiedad. La otra casa, Château de Boursault Champagne, pertenece a otra rama familiar y desarrolla un estilo propio. “No es una competencia, proponemos visiones distintas”, aclara Lecuru. Champagne Le Gallais cultiva su identidad desde la independencia y la escala humana.
En el corazón de la Champagne, el clos de Le Gallais se revela como un microcosmos donde la tiza filtra el agua y la arcilla conserva la frescura, aportando finura y elegancia a los vinos. La herencia de Madame Clicquot se transforma en impulso contemporáneo bajo la dirección de Charlotte, quinta generación de una saga que entiende el champagne como relato, como paciencia y como paisaje embotellado. Entre muros centenarios y barricas recién llegadas de Borgoña, el susurro del tiempo se convierte en burbuja, y cada copa despliega la memoria de la tierra con una sofisticación que conmueve.
champagnelegallais.com
2 rue Maurice Gilbert
Boursault


por FT