

Lejos de las modas y fiel a un lujo silencioso, La Fleur-Pétrus se erige como el estandarte del equilibrio y la finura. Un análisis de su geología milenaria, el linaje de los Moueix y la posibilidad de degustar su añada 2019, confirman por qué este dominio es el secreto mejor guardado de los grandes coleccionistas.
Casi a fines de noviembre, Pomerol nos recibió con esa luz particular que baña los viñedos de la Orilla Derecha al final del otoño. Fue una jornada marcada por la expectativa de reencontrarnos con una zona mítica, donde entre caminos angostos y paisajes serenos florecen algunos de los Chateaux más prestigiosos del planeta. Situada a unos 35 kilómetros de la ciudad de Bordeaux, esta región es el lugar donde la exclusividad se palpa en el aire.
Para entender la magnitud de lo que representa este lugar, es imperativo recurrir a los números, aunque estos no alcancen a describir la mística que se respira entre sus viñedos. Mientras que la vasta región de Burdeos destina unas 130.000 hectáreas a la vid, Pomerol se reduce a una extensión casi inverosímil de tan solo 800 hectáreas. En este pañuelo de tierra trabajan cerca de 200 viticultores, produciendo apenas 4 millones de botellas al año. Aquí, la exclusividad no es una estrategia de marketing; es una consecuencia geográfica. A diferencia del Médoc o Saint-Émilion, en Pomerol no existe una clasificación oficial; no hay Grands Crus Classés por decreto, porque el prestigio se gana cada año, parcela por parcela, en una lucha silenciosa por la perfección.

No se puede hablar de Château La Fleur-Pétrus sin rendir homenaje a la figura de Jean-Pierre Moueix. En 1937, un joven y visionario Jean-Pierre fundó su casa de négociant en Libourne. En aquella época, los vinos de la “Orilla Derecha” eran los parientes pobres frente a los castillos del Médoc. Jean-Pierre, con una intuición que cambiaría la historia del vino, comprendió que el Merlot cultivado en estas arcillas específicas poseía una capacidad de seducción y envejecimiento que el mundo aún no había descubierto.
Su hito más trascendental fue el descubrimiento del potencial de Pétrus. Comenzó a distribuirlo de forma exclusiva en 1945 y finalmente adquirió la propiedad en 1964. Jean-Pierre no solo fue un gran vinicultor, sino un estratega cultural: fue el primero en posicionar estos vinos en los círculos de poder de Estados Unidos y el Reino Unido como activos de inversión y símbolos de estatus. Tras su fallecimiento en 2003, el imperio se dividió en dos ramas que hoy custodian este patrimonio genético y cultural. Por un lado, Jean-François Moueix (el hermano mayor) preside el holding familiar y es el propietario de Pétrus. Por el otro, Christian Moueix, junto a su hijo Edouard, dirige con una precisión casi quirúrgica los destinos de Etablissements Jean-Pierre Moueix, que incluye joyas como Château La Fleur-Pétrus, Château Bélair-Monange y Château Trotanoy.
La ubicación de La Fleur-Pétrus es, sencillamente, privilegiada. Situado en la meseta (plateau) de Pomerol, el viñedo de 18,7 hectáreas se divide en tres parcelas principales que dialogan directamente con sus vecinos: al norte con Château Lafleur y al otro lado del camino con el mítico Pétrus. Pero lo que define la “aristocracia” de este vino es lo que yace bajo los pies, un secreto geológico que ha tomado millones de años en formarse.
Mientras que las gravas de la meseta circundante tienen aproximadamente un millón de años, el subsuelo de La Fleur-Pétrus contiene vetas de la legendaria arcilla azul, cuya formación se remonta a unos 40 millones de años. Esta arcilla, rica en esmectita, permite una regulación hídrica perfecta: se expande cuando llueve para retener el agua y la libera lentamente durante los veranos secos de Bordeaux. A esto se suma la presencia de la crasse de fer (óxido de hierro), un componente mineral que otorga al Merlot de esta casa su estructura característica y una tensión que lo diferencia de las versiones más opulentas y pesadas de la zona. El viñedo, con una altitud que oscila entre los 33 y 38 metros, está plantado con un 92% de Merlot, un 6% de Cabernet Franc y un 2% de Petit Verdot, una tríada que busca el equilibrio entre la frutosidad, la finura tánica y la longevidad.

Bajo la dirección técnica de Christian Moueix, la filosofía en La Fleur-Pétrus ha sido siempre la de “acompañar” al terroir más que forzarlo. Christian, reconocido por introducir prácticas como el aclareo de racimos (cosecha en verde) para concentrar los aromas y sabores, ha mantenido una línea de trabajo que privilegia la frescura. En la bodega, el uso del roble francés es medido; se busca que la madera sea un vehículo, una estructura que enmarque el vino sin tapar la transparencia del fruto.
El proceso de vinificación se realiza con una atención al detalle que bordea la obsesión. El flujo por gravedad y la selección masal —el uso de clones propios de la finca en lugar de variantes comerciales— aseguran que cada botella mantenga el hilo conductor histórico de la casa. Es esta constancia la que ha permitido que La Fleur-Pétrus sea considerado por los críticos más influyentes, como Robert Parker o James Suckling, como uno de los vinos más consistentes y elegantes de todo el hemisferio norte.


La cata de la añada 2019 nos revela una faceta de precisión absoluta y una madurez que roza la perfección. El 2019 en la Orilla Derecha es ya un año de culto, definido por un ciclo vegetativo idílico donde las condiciones climáticas permitieron una maduración lenta, logrando una sanidad de la uva impecable y una concentración de polifenoles asombrosa.
Al descorchar la botella, el vino se presenta con una intensidad visual imponente, un rojo granate brillante y profundo que anticipa su vitalidad y potencial de guarda. En nariz, la “aristocracia” se manifiesta de inmediato por capas sucesivas que se van revelando con la aireación: primero aparecen las frutas negras maduras —ciruela, arándanos de bosque— seguidas por un toque floral de violetas que es la firma indiscutible del plateau de Pomerol. Al agitar la copa, la complejidad se multiplica; surgen notas de cuero fino, caja de puros, granos de café tostado y un matiz mineral eléctrico que nos remite directamente a la arcilla ferrosa del subsuelo.
En boca, la experiencia es la de una seda líquida que envuelve cada rincón del paladar con una caricia firme. Los taninos, aunque presentes y estructurados, muestran una integración asombrosa, pulidos por un uso del roble magistral que aporta sutiles recuerdos de vainilla. Es un vino con cuerpo y peso, pero dotado de una frescura y una acidez natural que lo hacen vibrante y extremadamente equilibrado. El final es extraordinario, con una persistencia que definimos como “mucho más que alargado”, dejando un rastro de elegancia mineral que invita a la reflexión y al siguiente sorbo. Degustar el 2019 es presenciar el momento en que la técnica del hombre y la generosidad de la naturaleza alcanzan un acuerdo de paz absoluto.
Para el coleccionista y el amante del vino, Château La Fleur-Pétrus representa una elección intelectual. No es el vino más ruidoso de la mesa, pero es invariablemente el más sofisticado. Es la culminación de un trabajo iniciado por Jean-Pierre, perfeccionado por Christian y hoy proyectado al futuro por Edouard Moueix. En cada copa se percibe esa ética de trabajo colectiva donde la tierra es respetada y el tiempo es el aliado principal.


La Fleur-Pétrus no es simplemente un vino más en el itinerario de un viaje; es el vino que elegiremos para celebrar y disfrutar esos momentos imborrables que nos propone la vida. En ese equilibrio perfecto entre la potencia de sus 40 millones de años de historia geológica y la frescura de su visión contemporánea, reside la verdadera esencia de lo que significa pertenecer a la élite de Pomerol.
por FT